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Los Aguafuertes

Régimen abierto

carlosmarmol · 30 marzo, 2020 · Deja un comentario

En 1918, George H. Mead (1863-1931), filósofo norteamericano y uno de los teóricos del conductismo social, publicó en una revista académica –The American Journal of Sociology– un artículo en el que advertía sobre los extraordinarios peligros de construir la cohesión social a partir de la cultura del horror, esa costumbre ancestral que consiste en congregar a los que son distintos por naturaleza –todos los sujetos– alrededor de un enemigo común. Mead creía que el intenso sentimiento de solidaridad tribal que se experimenta ante una desgracia, ese fenómeno básicamente emocional, anula el libre juicio del individuo y destruye los valores aceptados por todos, abriendo así el camino para conductas viscerales e involucionistas. En esta segunda quincena de marzo, llena de muertes, contagios, caos, enfermedad, mentiras, lágrimas y espanto hemos perdido nuestra libertad –el hecho de salir de casa es ya un delito–, muchos se han quedado (o se quedarán) sin trabajo, la vida de demasiados se ha esfumado y hasta la esperanza se ha convertido en un astro remoto. No son quebrantos menores para tan pocos días. Parecen una réplica de las plagas del antiguo Egipto. Semejante temporal de desgracias nos indica que nos encontramos en mitad de uno de esos giros de la historia en los que todo aquello que creíamos indudable se ha derrumbado y emerge, omnipotente, el vacío. La página en blanco. Otra vida que nos acerca a la muerte. El consorcio de los desamparados.

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Tres plegarias fenicias

carlosmarmol · 23 marzo, 2020 · Deja un comentario

En una de sus disertaciones sobre poesía, el escritor argentino Jorge Luis Borges menciona un relato de Kipling –The Manner of Men– donde se reproducen tres antiguas supuestas plegarias fenicias que, a su entender, condensan de forma ejemplar, y sin duda perdurable, ese sentimiento estremecedor de la llegada de la muerte, vista como una vivencia íntima y, al mismo tiempo, compartida. “Madre de Cartago, devuelvo el remo” es la primera. “Duermo, luego vuelvo a remar”, la segunda. La tercera reza así: “Dioses, no me juzguéis como un dios/sino como un hombre/a quien ha destrozado el mar”. Son los cantos postreros, los nobles himnos de despedida, de hombres lejanísimos que concebían la vida al modo de una perpetua navegación. Un adentrarse solos en el mar sin tener la certeza de regresar. En su último adiós al mundo, los milenarios navegantes expresan, más que un lamento o su angustia, la dignísima aceptación de su destino y también un desconcertante sentido de la fraternidad. Ninguno de ellos, aunque se encuentren con el pie en el estribo, cree que sus remos, gracias a cuyo impulso han gobernado las olas, les pertenecen; piensan que son un patrimonio de todos los hombres y, en consecuencia, de ninguno en concreto. Igual que la vida. La muerte aparece en estos textos eludida, como si fuera un sueño que un día concreto, a una hora exacta, se convierte en realidad. Morir, según la segunda de estas plegarias, es continuar viajando. La tercera elegía parece preventiva: al temer el juicio de los dioses, el marinero anónimo reclama que, dada la fragilidad de la condición humana, se le trate con piedad.

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El naufragio de España

carlosmarmol · 15 marzo, 2020 · Deja un comentario

Inmersos ya en el estado de alerta, que en realidad es de excepción, el súbito apocalipsis del coronavirus arroja algunas enseñanzas sobre el trasfondo de la perpetua anomalía política española. Por fortuna, muchas no coinciden con la actitud individual de buena parte de los ciudadanos. La conclusión esencial es devastadora: la España oficial no ha sabido –o no ha querido– adoptar las decisiones preventivas que eran a todas luces necesarias para impedir la actual situación de pánico social. Una larga cadena de ignorancias, caprichos, improvisación, egoísmos y falta de realismo nos ha conducido al punto exacto en el que nos encontramos: un confinamiento colectivo marcial, un auténtico apagón general, casi la muerte social. A pesar de ser un hecho extraordinario, no podemos decir que se trate de una patología nueva: la arquitectura de nuestro desconcierto tiene cimientos profundos, consolidados durante décadas por una insolidaridad política cuyo reflejo es la eterna disputa territorial. España es un gran carajal. Ahora que casi todos nos encontramos encerrados entre cuatro paredes, como aconsejaba Pascal, se percibe de forma nítida. Tenemos un Gobierno incapaz de enfrentarse a situaciones de urgencia, visiblemente dividido entre los obsesos del márketing político y los doctrinarios de salón, y 17 comunidades autónomas que creen ser, en mayor o menor medida, sujetos soberanos propios. Al mismo tiempo, una parte nada despreciable de la población no cree en ningún proyecto colectivo, a excepción de su bienestar o el de su tribu. La pandemia, mientras tanto, sigue cobrándose vidas, sometiendo a muchísima gente a sacrificios dolorosos y extendiendo el miedo a la misma velocidad que la desconfianza.

Los Aguafuertes en Crónica Global.

Miedos virtuales, catástrofes reales

carlosmarmol · 10 marzo, 2020 · Deja un comentario

La sociedad virtual, heredera del espíritu líquido que caracterizó al posmodernismo más temprano –ya saben, la muerte de los grandes relatos y el relativismo aplicado a todos los ámbitos de la vida–, ha convertido la muerte en un espectáculo insustancial gracias a las redes sociales. No tanto porque la posibilidad de perecer no se considere ya una tragedia, como sucedía en el mundo inmediatamente anterior, sino por su complementaria naturaleza cómica. Que todos vamos a morir algún día lo descubrimos en cuanto tenemos uso de razón. Más tarde, si se tiene la suerte de cumplir años, comienza la inevitable sucesión de decesos ajenos: abuelos, padres y amigos (prematuros). El rosario negro termina con nosotros mismos, aunque si la fortuna no nos abandona puede que quizás seamos los últimos en darnos cuenta del trance.

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Los creyentes de Perpiñán

carlosmarmol · 7 marzo, 2020 · Deja un comentario

Nietzsche decía que un hombre cualquiera se convierte en creyente cuando necesita, requiere, desea y ambiciona que otro le dicte órdenes. Los dogmáticos, desde el origen de los tiempos, han demostrado ser fieles ejecutores de los deseos ajenos, básicamente porque la mayor parte de las instrucciones que reciben a diario se corresponden con una exactitud casi matemática a sus anhelos íntimos. El inicio de la campaña electoral en Cataluña –cuya fecha oficial todavía es un incógnita– empezó de facto este mismo sábado en Perpiñán, que es una ciudad francesa famosa durante el tardofranquismo por las salas de películas porno y los casinos. Para los devotos del napoleoncito de Waterloo, sin embargo, la urbe gala es un santuario: está enclavada en ese espacio imaginario, igual que Macondo (García Márquez) o Santa María (Juan Carlos Onetti), de la Cataluña Norte, creado –en el mundo de la ficción como patología política– por Alfons Miàs, viejo devoto del hecho diferencial del Rosellón que, al parecer, es cosa harto notable. Igual que la república amarilla, la Catalunya Nord no existe salvo en la imaginación de las 100.000 almas cándidas que este fin de semana acudieron, después de tomar churros, y con una fe poderosa y capaz de mover montañas, juntos como un sol poble, a la romería de Pentecostés organizada por Puigdemont y sus Fugados Reunidos.

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Ilustraciones: Daniel Rosell