Desde que en España coger un tren, un hecho cotidiano al que casi nadie vinculaba con un peligro cierto, y mucho menos con la tragedia de una muerte masiva y en cadena, es sinónimo de catástrofe potencial algo ha cambiado, y quizás para siempre, en la política española, reducida en los últimos ocho años a la articulación de embustes sucesivos –narrativas, según el lenguaje de los politólogos– y alejada tanto de la gestión de lo trascendente como de la idea de la ejemplaridad. Tenemos suerte: estamos viendo cosas que jamás imaginamos. Al mismo tiempo habitamos en una época calamitosa y generosa en desgracias. Lo primero se comprueba, por ejemplo, al escuchar a Felipe González, el último socialdemócrata que queda en el PSOE, anunciar su voto en blanco en unos hipotéticos comicios generales que igual pueden adelantarse a finales de este mismo año o dilatarse hasta mediados del próximo. Su mensaje es nítido: todo aquel que aspire a que los socialistas españoles vuelvan a ser lo que un día fueron y abandonen el populismo entronizado tras la victoria (cada día más dudosa) de Pedro Sánchez en las primarias del retorno a Ferraz debe quedarse en su casa y abstenerse de apoyar al César menguante.
Los Aguafuertes en Crónica Global.
