Nadie ha descrito mejor la falsa apariencia y el arte (político) del disimulo que Molière, que en su Tartufo las identifica con la capa que usaban los hombretones para transitar por las calles sin mostrar su identidad. “No hay que mostrar el juego entero. El gran arte consiste en disimular”, escribió Gracián, patrón de los escritores de ingenio. Cuando un político convoca elecciones conviene juzgar su conducta por lo que ha hecho, lo que dejó de hacer y, sobre todo, por las decisiones de sus últimos días. En el caso de Sánchez el patrón está nítido: promete hacer lo que no ha hecho en ocho largos años (viviendas) y planea de dinero público a todos los colectivos sociales dependientes y afines, desde los pensionistas a los funcionarios, ejerciendo un clientelismo que contrasta con el hecho de no haber presentado nunca los presupuestos a los que obliga la Constitución. Moreno Bonilla, el Gran Laurel andaluz, que no vive los últimos días de su mandato, sino los primeros compases de su tercera legislatura –sin mayoría y con Vox. Aquí la norma cambia: los primeros días de un gobernante también pueden ser tan peligrosos y descarados como los últimos.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
