Las verdaderas calamidades carecen de épica, igual que la muerte (súbita) no sucede siempre con estrépito, sino que, a veces, se nos aparece como un colosal, gigantesco e inconmensurable silencio, preludio de la banda sonora de la eternidad. Todas las desgracias son prosaicas. Charles Bukowski escribió, en uno de sus arrebatos nocturnos, un poema sobre esta cuestión: “No son las cosas importantes las que / llevan a un hombre al / manicomio. (…) No, es la serie continua de pequeñas tragedias / lo que lleva a un hombre al / manicomio / no es la muerte de su amor, / sino el cordón de su zapato que se rompe cuando tiene prisa”. Cabe decir lo mismo de la deriva de España, que lleva más de una semana conmocionada por las muertes de los accidentes ferroviarios de Adamuz y sus réplicas catalanas.
Los Aguafuertes en Crónica Global.
