Un grupo de arqueólogos, basureros del pretérito y desenterradores de los fósiles sagrados del pasado, se topó a mediados del siglo XVIII con una colección de diminutos troncos quemados entre las ruinas grises de la antigua urbe romana de Herculano, situada en una de las laderas del monte Vesubio. Algunos se deshicieron en sus manos al tratar de liberarlos de las cenizas petrificadas; otros sobrevivieron a la erupción volcánica que en el año 79 d.C. destruyó la ciudad y la villa agrícola del patricio Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, suegro de Julio César. Eran los papiros de una biblioteca desaparecida, salvados milagrosamente de la erosión del tiempo. El responsable del hallazgo, Karl Jakob Weber, que había abierto una red de túneles para rastrear el terreno, calibró que probablemente pertenecían a una desaparecida finca de recreo que debió atesorar hasta 1.785 rollos de escritos antiguos, empaquetados de forma apresurada para un traslado urgente que acaso impidieron los gases, las cenizas, el fuego y la lava.
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