De entre las innumerables calamidades causadas por los nacionalismos, además de las guerras y las discordias que provocan en las sociedades donde operan, una de las más inquietantes –por ser el origen del resto, algo así como el huevo de la serpiente– es la concepción de la cultura en función de las ideas de tribu e identidad. Un ejercicio de falsificación histórica que busca y, en buena medida logra, etiquetar lo universal –las herramientas culturales, útiles con todos con independencia de dónde, cuándo y cómo nazcan– con los marbetes de lo propio y lo diferencial. Esta nefasta influencia se percibe en la estéril división de la literatura – que los antiguos conocían bajo el nombre de poesía (cuya etimología designa el acto de creación, no la escritura artística)– en literaturas. Cuiden ustedes primero la ropa, y después la cartera, cuando algún profeta les hable de pluralidad: ahí es donde habita el demonio de las utopías arcaicas. El término literatura es moderno y la interpretación en clave nacionalista de sus obras, con independencia del idioma en el que hayan sido escritas, obedece a una convención relativamente reciente. Contra esta lógica reduccionista nació –también en el XIX– un antídoto: la Literatura General y Comparada, que concibe los estudios literarios –su crítica, su teoría y también su historia– sin que las fronteras, incluidas las idiomáticas, importen más allá de como sucesos de orden secundario.
Las Disidencias en Letra Global.

