Los grandes libros de viajes, igual que las fotografías míticas, hechas en ese instante decisivo sobre el cual Henri Cartier-Bresson sustentase su particular filosofía de la creación visual, retratan un momento y un lugar concretos en el tiempo que, por su propia naturaleza, son pasajes efímeros, fugaces, incluso azarosos en su extraña perfección, pero que, gracias a la literatura –y a la perspectiva del viajero– quedan fijados en la eternidad. Sus protagonistas, por supuesto, mueren y desaparecen; y sus enclaves, que a veces son las rotundas geografías históricas y en otras ocasiones se presentan como espacios sine nobilitate, vulgares, se ven alterados por el curso del tiempo. Y aún así, milagrosamente, persisten en su ser, como diría Spinoza, exactamente igual que si estuvieran vivos. Los fotógrafos, según Cartier-Bresson, deben disparar su cámara para capturar ese segundo exacto en el que toda esta magia de lo espontáneo adquiere su sentido.
Las Disidencias en The Objective.
