Ninguna de las condenas morales que los hombres más sabios del mundo –y también los más ignorantes– han hecho a lo largo de la Historia sobre las guerras han conseguido impedir o detener ninguna de ellas. Tampoco han evitado su impacto destructivo sobre la vida, la geografía, la economía y las sociedades que las han padecido, cuando no provocado. Convendría preguntarse por los motivos de este fracaso: nadie –en su sano juicio– elogia las bondades de las matanzas colectivas, pero dicha consideración maligna no ha paralizado nunca la maquinaria de las armas. Entre las razones que dan para justificar esta contradicción figura la maldición genética que atormenta al ser humano desde el origen mismo de los tiempos: la discordia bíblica entre los dos hijos de Adán y Eva y el consiguiente primer asesinato –la muerte de Abel a manos de Caín– de la Historia Universal. Otros, como Hobbes en su Leviatán, ofrecen una explicación filosófica: Homo homini lupus (El hombre es un lobo para el hombre).
Las Disidencias en Letra Global.

