“Mi punto de vista ante la religión es el de Lucrecio. La considero una enfermedad nacida del miedo y fuente de indecible miseria para la raza humana, aunque no puedo negar que también ha contribuido en parte a la civilización”. Que un filósofo de la categoría de Bertrand Russell, sin duda una de las mentes más brillantes de su época y uno de los sabios más admirables de todos los tiempos, describiera de esta forma la costumbre de comulgar con las creencias de una fe, sea la que fuere, no puede sino llevar a asombro, porque la idea de Dios –uno de los mayores arcanos de todas las culturas y civilizaciones– es la ficción que mayor verosimilitud ha tenido a lo largo de la historia. Si Dios existe, cosa de la que no tenemos la más mínima prueba empírica, aunque la voluntad de creer sea más que suficiente para mucha gente, la narrativa religiosa vendría a ser algo así como una novela realista. En caso contrario, los Evangelios –por supuesto dejamos al margen la fecunda literatura apócrifa y heterodoxa sobre este particular– deberían interpretarse como meras fábulas, en lugar de como los fundamentos de la historia sagrada.
Los Aguafuertes en Crónica Global.
