Existen tantas formas de morirse como clases posibles de difuntos. Cada nacimiento es un hecho único y, al mismo tiempo, similar. Ninguno de los que aún estamos vivos, y mucho menos los muertos, alcanza a recordarlo. Las despedidas, en cambio, son inequívocamente dispares. Las hay de toda clase y condición: súbitas, inmediatas, agonizantes, correosas, crueles y hasta premeditadas. Morirse puede ser un calvario o un descanso, pero el recuerdo de ese instante categórico nunca pertenece al protagonista. Es el patrimonio tormentoso de aquellos que le sobreviven. Lo mejor que puede decirse de la muerte es que no deja ningún recuerdo en el cerebro de quien la espera o la sufre, aunque sus vísperas sean obsesivas, insomnes y tormentosas, incluso para los sabios estoicos, resignados a la irrupción de lo inevitable. El novelista británico Julian Barnes (1946) todavía está –por fortuna– entre nosotros, pero ya se prepara, como hacían los héroes antiguos, para la batalla final que consiste en cruzar al otro lado de la Estigia. Fiel a su educación –la tradición british, siempre discreta– ha decidido decir adiós a sus lectores con un libro –Despedidas (Anagrama)– que es una suerte de memorias conscientes del “principio del fin”, atravesada por una narración (simbólica), y con la voluntad de incurrir en un tercer género: el ensayo.
Las Disidencias en Letra Global.

