Las izquierdas españolas tradicionales tienden a exaltar la importancia de lo público y, acto seguido, proceden a condenar la iniciativa privada. Es un discurso simple, basado en presupuestos ideológicos del pretérito, que muda de piel cuando, como constatamos cada día, sin faltar uno solo, algunos de sus dirigentes pasan al otro lado del espejo, igual que la segunda Alicia de Lewis Carroll, y empiezan a emular a las derechas con la convicción, indiscutiblemente profunda, de que el dinero no es malo si les beneficia, de igual modo que antes (su falta) perjudica a quien nada tiene. La niña ficticia creada por el escritor británico juega a imaginar cómo será el mundo al otro lado del espejo hasta que –sin que medie una puerta giratoria– descubre que puede cruzar a la otra orilla de la realidad, donde se libra una partida de ajedrez en la que las reglas del juego no se respetan. Podríamos decir algo equivalente de la particular variante española del capitalismo,
Las Disidencias en The Objective.
