En el fondo, nadie sabe exactamente qué es la literatura, un arte que se asemeja a la paradójica idea del tiempo de Agustín de Hipona: “Si nadie me pregunta qué es, lo sé; si tengo explicarlo, no lo sé”. Lo mismo sucede en el arte de las buenas letras, cuyos intentos de delimitación o la eterna búsqueda de un rasgo intrínsecamente diferencial de lo literario se estrella sin remedio contra la evidencia. Parece absurdo –dado todo lo que se ha escrito a lo largo de la Historia– pero tiene lógica: aquello que nos emociona carece de definición. Simplemente sucede. Acontece. Existe. De aquí se infiere que el anhelo de los formalistas –con Jakobson a la cabeza– se describir la literatura mediante un uso particular del lenguaje, que dejaría de ser un instrumento ordinario para mudar en extraordinario, equivale a entender la creación como una transubstanciación similar a una eucaristía. Hay quien lo piensa así, aunque tal profesión de fe cae dentro del territorio de la voluntad. Esto es: no sirve para todo el mundo.
Las Disidencias en Letra Global.

