“Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, / gran señor, ésta te escribo”. Así describe Cervantes, en el venerable prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su historia septentrional, una novela postrera de orden bizantino, que además fue póstuma, el pálpito insidioso de esa hora decisiva que todos llamamos muerte. La expresión no es original, sino herencia de una tradición que vinculaba el final de la vida con la pieza de metal, madera o cuero –dependiendo de los posibles– que ayuda al jinete a subirse o bajarse del caballo y que, en Cuba o en México, da nombre al último trago tras una noche de parranda. “Ayer me dieron la Extremaunción (…) El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuestra Excelencia”, explica el escritor –el 19 de abril de 1616– a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, a quien dirige su lamento. Cervantes se sabía mortal –padecía hidropesía: bebía agua sin parar, probablemente debido a una diabetes–, y su endecha no oculta, ni inventa, lo irremediable: “Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”. No existe canto más hermoso a la vida que aquel que se entona en el momentum de la muerte o durante su preludio habitual, que es la vejez.
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