La lectura no es, como se cree, una gimnasia mental. Es una competencia intelectual, además de la piedra rosetta de la educación. Si no se practica con cierta regularidad y con disciplina se atrofia o se vuelve inservible. De ahí que sea una necesidad (trascendente) convertirla en un hábito. Saber leer y escribir forman parte de un mismo proceso que se manifiesta en dos direcciones. Gracias a él nuestro cerebro se alimenta y el pensamiento crítico florece. No se trata, como dice el eslogan, que seamos aquello que leemos. Es que si no leemos no somos nada en términos culturales. España ha sido, históricamente, un país con grandísimos escritores pero con una población mayoritariamente analfabeta. Nuestro progreso cultural siempre se ha visto lastrado por la ignorancia de las letras más básicas. Nos costó dos largos siglos convertir esta lacra en un estadística residual. A comienzos del siglo XIX, mientras en la ínsula de Cádiz se ensayaba un liberalismo efímero, la mayoría de la población no sabía leer ni escribir.
Los Aguafuertes en Crónica Global.
