Si hubiera que definir de alguna manera la figura de Raymond Douglas Bradbury (1920-2012) cabría acogerse a esa eficaz ley de la paradoja que comparten todas las galerías de retratos invertidos, donde los protagonistas de los lienzos son inmortalizados desde un ángulo imprevisto e inesperado. Bastaría, en su caso, decir que fue un prodigioso constructor de mitologías, algo así como un equivalente al poeta británico Robert Graves, con la única diferencia de que en sus libros los dioses son fantasmas, marcianos y criaturas nacidas de una extraordinaria capacidad de invención que, en lugar de sacarnos de este mundo, nos devuelven a él transformados, tras un rodeo que puede llevarnos al espacio exterior o hacernos subir de nuevo la escalera de la casa en la que crecimos, donde el interruptor de la luz está a mitad de camino y, al fondo, tras el último escalón, nos espera la sombra de uno de esos monstruos que atormentaban nuestra infancia. Bradbury no es un autor. Es una constelación de estrellas. Una galaxia entera.
Las Disidencias en Letra Global.

