“Cuando leas una biografía ten siempre presente que la verdad nunca es publicable”. El escritor irlandés George Bernard Shaw, Premio Nobel, advertía de esta manera tan cáustica y sincera sobre los peligros de dar por indiscutibles los episodios y avatares de las grandes figuras de la historia, no digamos ya del ámbito de la cultura con todas sus variaciones. La frase tiene un punto de verdad: ningún biógrafo, por bueno que sea, puede vivir la misma experiencia vital de su biografiado, aunque haya sin duda quienes crean administrar el patrimonio de aquellas figuras a las que alguna vez han retratado. Se trata, por supuesto, de un espejismo desmentido por la sabiduría popular cuando cinceló una de sus sentencias maestras: “Nadie conoce a nadie”. Siendo esto así, como es, no tenemos más remedio que concluir que la biografía, como la traducción, es un arte imposible y que únicamente puede ejercerse por aproximación, sin garantía alguna de exactitud por mucho rigor que se ponga en la tarea. Los mejores biógrafos son, en realidad, escritores cuyas fuentes pueden ser documentales y ciertas, sí, pero cuya lectura e interpretación sobre sus personajes –seres que son o fueron de carne y hueso y tuvieron (o tienen) nombres y apellidos– no puede desligarse por completo de la ficción.
Las Disidencias en The Objective.
