La anécdota, que es además una categoría, la refiere Umberto Eco en una entrevista. París. Interior tarde. Pablo Picasso, príncipe del arte moderno, termina su célebre retrato de Gertrude Stein, escritora y mecenas de artistas instalada en la capital francesa. Cuando la millonaria norteamericana contempla el lienzo del pintor malagueño le dice: “No se parece a mí”. Picasso responde: “No se preocupe, ya se parecerá”. Es una salida irónica que encierra una verdad invisible: el tiempo, que trastocaría sin remedio el aspecto de la modelo, condenada a envejecer, se encargaría de que la imagen de Stein que perdure no sea la de su rostro, sino la fijada en el cuadro. Su perfil carnal cedería su lugar al artificial. La realidad –viene a explicar Eco– no es como es. Es como la recordamos. Algo equivalente cabe decir de la extraordinaria novela de Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) que la editorial Malas Tierras acaba de rescatar del olvido. Una obra maestra. Un libro excepcional que, simplemente por contraste, muestra la decadencia narrativa que las constantes novedades editoriales son incapaces de disimular.
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