La guerra de Canal Sur

Todos los cambios (especialmente aquellos que no son tales) necesitan metáforas, símbolos y decorados que los doten de verosimilitud. Las mentiras, para funcionar, requieren parecer ciertas. En la República Indígena esta función, amén del obligado teatrillo institucional, acostumbrado a repetirse sin excesivas variaciones, se concreta casi siempre en Canal Sur, la radiotelevisión de la Marisma, una empresa pública lastrada tras décadas de politización y un nepotismo que ha impedido a muchos de sus profesionales -que no son exactamente todos los que están, pero muchos sí figuran entre sus empleados- trabajar con libertad y sin interferencias políticas. Es el mal habitual de la cadenas de comunicación públicas: se financian con el dinero de todos -Canal Sur no puede sostenerse a sí misma con recursos propios, algo que no parece preocupar a sus sindicatos- pero sirven, según sea la dirección en la que sople el viento, al señor (o a la señora) feudal de turno, que construye en sus predios una corte paralela mediante favores, ascensos y descensos que tienden a perpetuarse.

Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

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