La muerte de los articulistas

¿Dónde están? ¿Se acuerda alguien de ellos? Ni Dios, que debería saberlo todo y, como Funes, el memorioso, el protagonista del inquietante relato de Borges, recordar cada instante. A ellos no los recuerda nadie. Pasaron a la historia, que es el olvido, sepultados por un mar de tinta. Alguien dijo hace cierto tiempo que en los periódicos es donde se está escribiendo la mejor prosa de nuestro tiempo. Se trata de una absoluta falacia. Una opinión interesada. Un ejercicio de vanidad y auto-alabanza. Puede que en el pasado, cada vez más lejano, fuera así: los gacetilleros hacían una valiosa literatura doméstica en los noticieros, pero la falta de perspectiva de ciertos editores hizo que la costumbre pasase a mejor vida. Desde entonces en los periódicos se escribe poco de la vida y en exceso de asuntos oficiales, esa cosa que hemos convenido en llamar actualidad. Con frecuencia, su interés es relativo por no decir nulo.

Los periodistas, sin embargo, insistimos en tratar siempre estos asuntos por la creencia –difusa– de que son los que deben interesar a la gente, cuando no preocupan más que a los actores del poder patriótico, que son otra cosa distinta. Hace tiempo que los diarios están llenos de declaraciones absurdas y saturados de comunicados oficiales, emitiendo una opinión plana, disimulada, aérea. A esta grisura algunos la llaman objetividad, pero su nombre es otro distinto: conformismo. No es raro que el número de lectores de prensa cada vez sea menor: a este paso sólo leeremos periódicos los periodistas. Y puede que ni siquiera nosotros mismos. Uno de los ritos del oficio es hacer digeribles auténticas ofensas al sentido común. Como si aquel que todavía comprase un diario lo quisiera para ponerlo en un estante o fuera un objeto venerable. Da rubor contemplar la calidad de la prensa actual: declaraciones, opiniones sesgadas, contra-declaraciones, bla-bla-bla. Algunos, ante la falta de ideas, se dedican a manchar las páginas con entrevistas a la carta: ante la incapacidad de tener una opinión propia –que es lo que un lector espera de su periódico– se cede el espacio a quien quiera vender algo, lo que sea, preferentemente a ellos mismos.

Muchos diarios se parecen hoy a cualquier boletín ministerial, o a un misal, más que a un proyecto intelectual, sólido e independiente. Las posibilidades de encontrar algo de poesía en los diarios son escasas y, desde luego, nulas en comparación con aquellos diarios sábana, con olor francés, que leían los abuelos que jamás tuvimos. Los periódicos, según algunos, ya no se leen: se miran. No es lo mismo. Ni de lejos. Su extinción no ha llegado todavía, pero a la larga será inevitable. Cuando deja de importarnos lo que escribimos es que algo se ha ido. Nuestra propia razón de ser (periodistas). La salida histórica de muchos cronistas descontentos, o sencillamente despedidos, ha sido la literatura. Se pasa de comer mal a hacerlo bastante peor, pero uno puede –modestamente– desarrollar la vieja vocación artística. Uno siempre ha creído que entre un periodista y un escritor no hay excesivas diferencias desde el punto de vista técnico. Un periodista no es más que un escritor de periódicos.

Los articulistas antiguos, que son los únicos dignos de admiración, porque han resistido a la actualidad de su tiempo, aquellos que cada vez es más extraño encontrar en los papeles, escribían en los cafés. Ni siquiera iban al periódico si no era para participar en las parrandas o para fumar y maldecir en compañía de otros. El trasiego constante con la vida cotidiana –lejos de los ministerios, si era posible– los hacía más certeros, austeros y eficaces que muchos de los que hoy pueblan las salas de noticias, como han empezado a llamarse a las redacciones. Eran tipos versátiles: igual podían escribir de teatro que de un perro perdido en una esquina con un enfoque universal en apenas unos minutos, como si realizaran un acto de contrición en privado que después exponían al mundo.

El periodismo, en el fondo, no es más que la literatura de la vulgaridad. Los temas, en realidad, van cambiando. Es sabido: la actualidad se inventa y una noticia no es más que un hecho –relativamente relevante– al que le damos, con frecuencia en exceso, mucha importancia. Los periodistas no escribimos noticias. Escribimos crónicas, entrevistas, artículos o reportajes. Todos tratan de noticias (hechos), pero son una suerte de reconstrucción literaria, un artefacto que, como un poema, nos alimenta mal pero nos permite creer que aportamos algo a la sociedad. El gran mérito de un escritor de periódico es el mismo que el de cualquier escritor de libros: conseguir un estilo. Aunque trate de hechos ajenos, el articulismo debe llevar una parte de uno, un sello de carácter, un factor personal. Al menos eso ocurre con el periodismo que más nos gusta, que se parece poco a la legión de tertulianos y opinadores que empiezan a pulular por esta profesión, actuando como si fueran –sin serlo– los nuevos tribunos del pueblo. Muchos aspiran a conseguir un cargo político o ser nombrados asesores de algo, lograr un destino pensionado que les permita abandonar la mala vida del papel y la tinta.

No es un fenómeno nuevo: esta tradición, en España, arranca en el XIX. Uno no tiene una idea cerrada del oficio. Sencillamente piensa que los periódicos no son cuarteles donde cada soldado se pone su propia medalla. Puede que reivindicar los viejos periódicos literarios parezca una locura, pero mientras no saquemos –a ser posible a patadas– a los comisarios políticos de las redacciones éstas se nos van a ir muriendo. Y un día empezarán a parecerse a las oficinas de cualquier banco, pero sin fondos. Ese día nos habremos muerto nosotros: los que hemos disfrutado, como niños dementes, leyendo y escribiendo periódicos.

Variaciones sobre un texto publicado en El Correo de Andalucía

[21 Mayo 1997]

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