Néstor Luján, ilustrado & hedonista

Para Sanz Irles, aviador acrobático.

A un hombre lo delatan sus vicios y lo definen sus pasiones. Néstor Luján, como cualquier enfant terrible, tenía dedicación plena las segundas y profesaba devoción entusiasta por los primeros. Solía decir que si no hubiera sido periodista le hubiera gustado pasar a la posteridad como lexicólogo. Estudió Románicas, claro. Las palabras le entusiasmaban casi tanto como los libros, a los que acogió en su biblioteca –la mejor hospitalidad empieza por uno mismo–, que acumuló casi 30.000 volúmenes, incluyendo las primeras ediciones que formaron parte de su singular lista de boda. Leía y escribía en tres idiomas –español, catalán y francés– y chapurreaba el gallego, aunque al elegir un seudónimo –Pickwick– optó por un personaje de Dickens. Nunca lo dijo así, pero lo suyo en realidad era la literatura comparada, que viene a ser lo mismo que decir universal. Podríamos calificarlo sin faltar a la verdad como un artista, pero él se definía a sí mismo como un artesano. Le gustaba divertirse con lo que hacía.

Todos sus vicios, que sepamos, eran confesables: la gastronomía, las faldas, los toros​ y –aquí conviene quitarse el sombrero– los habanos, que es la mejor coda posible tras ir a la casa de Lúculo. “El que bien come y bien digiere, sólo de viejo se muere”, escribió en uno de sus recetarios, presentado –como siempre– en el Hotel Ritz, su casa en Madrid, donde disfrutaba de esa siesta civilizada que es la duermevela, obligada tras dar cuenta de una ración de callos. Se dirá que el menú era un exceso. No hay tal. Más bien es la sinfonía perfecta para el vientre: la música de la casquería fina, antes de nutrir la mente, debe alimentar el estómago. Luján eligió escribir sobre lo que le apasionaba: los viajes y las artes culinarias, que son asuntos que nos interesan a todos; al contrario que la política, ese mal inevitable. Por supuesto, no se limitó a las crónicas del buen vivir. Antes hizo otras cosas terribles, entre ellas periodismo impertinente, que es el que mejor funciona cuando el carácter individual es el que dirige la mirada del cronista. Es una sanísima costumbre, pero siempre trae problemas.

La dictadura lo condenó en 1969, siendo un declarado liberal a la francesa, a la cárcel tras abrirle once expedientes por propaganda ilegal, forzándolo además a abandonar la dirección de Destino, la mítica revista que por aquel entonces editaba Vergés en Barcelona y terminaría comprando, para manejarla, el Pujol de Banca Catalana. Comenzó a publicar en sus páginas en 1943. Tres años más tarde, tras perpetrar comentarios taurinos, ya tenía una columna propia —Al doblar la esquina– dedicada a las cosas que pasaban en las calles de la Barcelona de los tranvías. Periodismo local: el más difícil y el más ingrato. Sus periodistas viven del aire y, a veces, de escribir con temeridad manifiesta. ¿Cuál fue el pecado de Luján para el tardofranquismo? El más común en el oficio: no morderse la lengua, algo que sólo es posible hacer si se disfruta de la necesaria ingenuidad. En Destino creyeron cierta la apertura de la ley de prensa de Fraga, pero no leyeron la letra pequeña. O quizás los motivos fueran más prosaicos: Luján ponía a parir la cocina de los Paradores Nacionales de Fraga.

El caso es que les secuestraron la publicación en 1967. Paradójicamente, tras publicar una carta al director crítica con el catalanismo, lo que demuestra que la relación entre las burguesías nacionalistas y el franquismo no era tan distante como algunos nos han contado. “Siempre me ha gustado que me llamaran rebelde, porque lo soy. Pero, al contrario que un revolucionario, que debe someterse a la tiranía de la revolución, yo creo en la libertad de expresión”, dijo muchos años después. Como Luján no era nada afecto a las dietas vaporosas, para vivir de escribir tuvo que hacer cerca de 25.000 artículos, sin contar los libros. Pasó por El Noticiero Universal, la revista Historia y Vida, el diario La Vanguardiay los periódicos El Observador y Avui. Para él no había asunto sobre el que no pudiera descubrirse algo. Lo cual confirma una vieja ley de la profesión: no hay tema malo, sino sencillamente periodista torpe.

Tras salir de Destino, donde volvió después como director adjunto, se hizo periodista a la pieza y descubrió que escribir novelas era más divertido que hacer periódicos. Recibió premios literarios –el Plaza y Janés y el Ramón Llull– pero nunca abandonó sus prosas culinarias. La gastronomía literaria (en los dos sentidos del término) fue su bendito refugio profesional. Le permitía contar historias –detrás de cada plato, alrededor de cada vino, hay un cuento–, comer sin pagar gracias a la proverbial cortesía de los mecenas y esquivar a los censores, unos señores que no habían comido bien en su vida. En 1963 escribía en Destino una sección llamada así —Coma bien— que ha quedado para la historia del género, con permiso de Camba. En sus crónicas Luján explica que el espíritu es como la digestión: más refinado cuanto mejor sea la materia prima que se le da al estómago. Todo un canto a la vida.

“¿Qué es el vino blanco?”, le preguntó una vez Feliciano Fidalgo. “Un refinamiento”. “¿Y el tinto? “El vino”. ¿Y el rosado? “Manipulación”. “¿El cava?”. “Espumoso provocado”. “¿Qué me dice del champaña?”. “Citaré a Bismarck: Delante del champaña no existe el sentimiento patriótico”. De su sabiduría sobre platos, caldos y fogones nos han quedado miles de artículos y libros como El arte de comer, donde se rinde devoción a la cocina francesa, ese arrebato de los sentidos. Su filosofía es simple: una sopa puede ser un poema. Y un embutido de cerdo, la mismísima Victoria de Samotracia. Luján, que decía que todos los gastrónomos eran longevos y que los grandes tiranos de la historia eran indefectiblemente abstemios, fue un erudito irónico. Alguien capaz de escribir que saltarse los postres en una cena era peor que una herejía. Como no estaba dispuesto a suicidarse, la muerte tuvo que llevárselo a la fuerza, de un maldito cáncer de laringe. Hasta entonces –según confesó– no iba al médico por miedo a que le prohibiera beber alcohol. Para la ocasión tenía reservada una botella de coñac francés. De 1808, por supuesto. Adquirida en 1962 en París. Quizás en una tarde de aguacero.

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