Ada Colau (Barcelona, 1974) se llama Inmaculada, aunque su verdadero nombre –decidido por sus progenitores– no se haya correspondido nunca con una intensa devoción por la tradición cristiana que añade a la figura de la Virgen el epíteto (concepcionista) del sine labe concepta. La ex alcaldesa de Barcelona, que se une a la lista de postulantes que aspiran a encabezar la nueva confluencia (fenicia) de las ‘siniestras’ españolas, sin testa coronada tras el retiro dorado de Sor Yolanda de Ferrol, que se marchará a Ginebra (Suiza) a ocupar un cargo –por supuesto pensionado– en la OIT, decidió hace tiempo quedarse sólo con las tres últimas letras de su nombre registral y vivir una vida celeste, donde ella era la única heroína de la fábula y los demás meros espectadores de su ascensión a la gloria. Colau siente una gran admiración por sí misma. Le gusta ser Ada, igual que disfruta siendo la niña en el bautizo, en la comunión, en la puesta de largo –españolísima tradición del mundo de ayer que se está perdiendo–, en la boda y, sobre todo, en una lista electoral.
El Bestiarium en The Objective.
