De los infinitos misterios del cerebro, ese cofre desconocido y sin fondo que custodia lo que somos, y que llevamos con nosotros a todas partes, acaso no haya ninguno más paradójico que el calambre de un déjà vu, esa sensación inquietante y pasajera –que los neurólogos consideran una vana ilusión– de volver a vivir algo que ya ha ocurrido y se ha sentido antes. Un error de apreciación –descrito por el psicólogo Émile Boirac, uno de los padres del esperanto, aquel presunto idioma ecuménico hecho con préstamos de distintas lenguas que nunca fue– que nos hace sospechar que quizás tengan razón aquellos que creen que hemos vivido antes en otro cuerpo y que la existencia no es sino una rueda infinita de sucesivas reencarnaciones, de las que no guardamos memoria alguna. Por el contrario, no se conoce demasiado a su antónimo: el jamais vu, que es la extrañeza que experimentamos en un lugar, con una persona o en una situación familiar. No reconocer más a quienes conocemos o amamos. Mirar a nuestra familia como si padres y hermanos fueran extraños. Oírnos en una grabación y no ser capaces de soportar nuestra propia voz. O leer la biografía de alguien con quien hemos convivido muchos años sin que el relato escrito de su vida nos parezca verosímil, sino fantasioso e incompleto.
Las Disidencias en The Objective.
