“Los fuegos artificiales son tristes, como el carrusel de feria, como las ferias mismas. Los fuegos artificiales te recuerdan lo poco que dura la vida, y el carrusel lo poco que duró tu infancia”. ¿Quién no ha pensado alguna vez –o mejor dicho: quién no ha sentido– la nostalgia del tiempo perdido? La vida, esa cosa que sucede a medida que vamos cumpliendo años y las hojas del calendario caducan en una sucesión que quisiéramos que fuera infinita, pero que sabemos de antemano que es cosa tasada, se manifiesta de forma salvaje. A veces es una epifanía: el instante eterno que acontece entre la doble fugacidad de las horas; otras se nos presenta igual que una noria que asciende y, justo antes de que podamos disfrutar tranquilamente de la vista, nos devuelve al suelo, de forma que, al descender del artefacto, metáfora invertida de nuestro propio destino, descubrimos una perspectiva de nosotros mismos –y de los otros– que hasta entonces desconocíamos. En la literatura española, grosso modo, existen dos maneras de mirar el mundo.
Las Disidencias en The Objective.
