El halago, en general, debilita y proyecta, sobre la persona que lo recibe, sobre todo si se trata de un acto frecuente, una extraña sensación de inseguridad: ¿los cumplidos que se me dedican son reales o, por el contrario, responden a un ejercicio de exageración irónica? Únicamente los vanidosos quedan a salvo de esta duda ontológica: su elevado concepto de sí mismos, a veces inverso a su altura intelectual, les vacuna contra la inteligencia de pensar que, quizás, no todo lo que se dice en público de uno es cierto –en general, suele ser inexacto–, o no en el grado que se expresa. En esto, como en tantas otras facetas de la vida, como el odio y la confrontación, conviene medir cuál es el animus. Esto es: la intención con la que se afirman –y también se hacen– ciertas cosas. Basta testarla para descubrir el engaño que se disfraza de elogio y la crítica que nace del cariño.
Las Disidencias en Letra Global.
