Del aceite de oliva cabe decir lo mismo que el poeta León Felipe escribió en un poema sobre la estrecha relación que los hombres mantenemos con las mentiras de la ficción: “(…) la cuna del hombre la mecen con aceite, / los gritos de angustia del hombre los ahogan con aceite, / el llanto del hombre lo taponan con aceite, / los huesos del hombre los entierran con aceite”. El legado cultural del oleum, como lo llamaban los romanos –ἔλαιον (élaion), para los griegos– es persistente, asombroso y duradero. La cultura occidental, síntesis de la filosofía y el pensamiento de la antigua Hélade y el cristianismo surgido del judaísmo, molturado por el derecho y la mentalidad utilitaria de Roma, sigue el rastro de las rutas marítimas del aceite a lo largo de las dos orillas del Mediterráneo, separadas por la religión y distantes por la geografía, pero unidas, igual que hermanos siameses, por hábitos, costumbres y convenciones que perduran pese a todos los milenios que suma el tiempo, ese dios terrible.
Las Disidencias en Letra Global.

