Barea, de nombre Arturo, dedicó la gran obra de su vida —La forja de un rebelde– a dos mujeres: “La señora Leonor”, su madre, una humilde lavandera; y a Ilsa Kulcsar, la austriaca con la que pasó penurias, se casó de segundas y a la que entregaba, para que los vertiera a su extraño inglés centroeuropeo, cada uno los capítulos de esta novela memorialística donde cuenta su infancia en el Madrid previo a la Guerra Civil, una ciudad estrecha y pavorosa cuyos límites razonables terminaban justo en el pago de Lavapiés, “el fin de Madrid y el fin del mundo, donde empezaba el mundo de las cosas y de los seres absurdos”. Barea se crió en aquel abrevadero a cielo abierto, “el barrio de las injurias”. La España oficial de finales del XIX y principios del XX, con su monarquía decrépita, sus curas perpetuos, sus militares golpistas y sus políticos corruptos, “tiraba sus cenizas y su espuma” por aquel desagüe.
La propaganda violeta
Simone de Beauvoir, que era mujer, escritora y feminista, decía que la igualdad es tanto una forma de vida individual como una lucha colectiva. Ambas cosas deben estar equilibradas. El susanato, cuyo rostro bifronte representa las dos caras del peronismo rociero, una bondadosa y otra siniestra, otorga sin embargo mucha más relevancia a la propaganda interesada que a la política con mayúsculas. La Querida Presidenta ha aprovechado el Día de la Mujer (Mundial) para vendernos una nueva ley de igualdad que no es nueva. Un trampantojo partidario que tiene tanto que ver con el 8M como con las encuestas electorales que la Reina de la Marisma manipula a su favor en estos tiempos calamitosos.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
Remodelar la nada
Los políticos indígenas acostumbran a otorgar una trascendencia ridícula a los cambios internos que acometen dentro de sus equipos de gobierno. Sobre todo cuando se aproxima una fecha electoral. El tono enfático que usan para comunicar(nos) sus movimientos de peones, que describen como si fueran generales antes de librar la batalla de Waterloo, contrasta con el hecho -indiscutible- de que a los ciudadanos las alineaciones de concejales, que no son precisamente planetarias, les importan mayormente una higa. Lo cual es un evidente síntoma de inteligencia colectiva, aunque sea por la vía de la famosa gramática parda: lo que hay que exigirle a un político es que no nos robe (mucho) y que su gestión tenga algunos resultados. Con eso, tan difícil, bastaría. De quienes se acompañe es su problema; no el nuestro.
La Noria del miércoles en elmundo.es
El augurio de las encuestas
La España oficial sostiene que hemos salido de la crisis. El país real todavía la padece. En algunos casos extremos, como sucede en el ámbito del periodismo, con idéntica o mayor virulencia que antes. Sin final cierto. Los grandes quebrantos sociales surgidos del colapso de la economía se han enquistado. La dualización sociológica es un hecho silenciado en el plano mediático por las interminables guerras indígenas del soberanismo catalán, los casos de corrupción, la desaparición de menores, el maltrato a las mujeres y otros males mayores que ensombrecen el calendario. Tenemos los servicios públicos en una situación calamitosa, las arcas patrimoniales quebradas, las pensiones son una absoluta ficción y las autonomías, en lugar de contribuir a un proyecto común, hacen la guerra por su cuenta, practicando además un victimismo infantil. El malestar general sigue siendo la nota dominante.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
Las lecciones de Ishiguro
Escribir es una forma de manejar analogías. Igual que vivir. Con frecuencia percibimos el hecho literario como una ceremonia social. Publicar una novela se ha convertido desde hace mucho tiempo en un ritual donde el éxito aparente (que no es lo mismo que el literario) y la santificación de la biografía del artista marcan la valoración general. Ninguna de ambas cosas son inocuas, pero para conocer la verdadera trastienda de un escritor resultan insuficientes. El último premio Nobel, el británico-japonés Kazuo Ishiguro, ha dejado escrito en su discurso de aceptación del galardón sueco un magnífico retrato de cómo fue exactamente su particular forja como novelista, el camino de iniciación (que también es el sendero de la madurez) que le ha conducido no tanto a ser reconocido como primus inter pares, sino a escribir determinadas obras donde la retórica funciona como una escalera ascendente hacia la emoción humana.
