Los arquitectos, salvo excepciones, tienen fama de escribir mal. Al sentarse delante de un papel se convierten en herméticos y recurren a códigos incomprensibles. “Caos e isotropía”, “vacíos intersticiales” y otros hallazgospor el estilo. Por lo general, prefieren el dibujo para expresarse. Como si las palabras fueran un estorbo. Algunos incluso han interiorizado la idea —falsa— de que los supuestos valores inmateriales de la arquitectura —que paradójicamente se construye con formas muy concretas, pero manteniendo siempre la evocación de un sueño encantado— son demasiado complejos para poder encerrarlos en una frase. Como si la sintaxis no permitiera éste y otros milagros. Alejandro de la Sota es una de las benditas anomalías a esta regla. Sus escritos completos (Escritos, conversaciones, conferencias. Editorial Gustavo Gili. Barcelona. 2002) nos descubren a un hombre admirado dentro de su gremio, lo cual ya es un extraordinario logro, y al que podríamos considerar el Le Corbusier hispano.
El peso de la autonomía
Deyan Sudjic, exeditor de la revista Domus, escribió hace unos años el guión de una película sobre Norman Foster, probablemente el arquitecto más global del orbe, que se titula ¿Cuánto pesa su edificio, Señor Foster? El documental reproduce la pregunta, tan inteligente como inesperada, que Buckminster Fuller, el inventor de la cúpula geodésica, le hizo un día al arquitecto británico, que entonces no supo qué responder. La interrogación ya llevaba implícita la lección: si quieres construir algo, lo que sea, debes saber antes su peso. Si no, lo más probable es que no puedas sostenerlo. La enseñanza sirve para la arquitectura, se extiende a la vida, esa maestra cruel, y alcanza a la política indígena. Para saber cómo gobernar debes conocer el valor de aquello que pretendes administrar.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
Democracia & dinamita
Cuando uno va a oír una conferencia, emulando a los escritores de antes camino del correspondiente ateneo o del casino provincial, se espera del ponente no tanto que diga algo original, sino que la perorata que se anuncia en los carteles sea perpetrada con talento y donosura. Los italianos lo expresan con una frase prodigiosa: se non è vero, è ben trovato. La oratoria, igual que la literatura, exige dotes retóricas. En el caso de Andrés Trapiello, escritor permanente y editor exquisito, ambas cuestiones -el fondo y la forma- se presuponen, pero esta mañana, en la segunda sesión del ciclo que Letras en Sevilla dedica a Chaves Nogales, tuvo la tentación, abortada por fortuna sobre la marcha, de resolver el envite leyendo en público un texto elaborado para una de las ediciones de Renacimiento, la casa de Abelardo Linares, ese sevillano raro que al cronista le ha obligado siempre a hacerle entrevistas vía mail, como si la agorafobia acaso no fuera un patología que hermana a los espíritus gemelos. Trapiello pretendía explicar así los motivos por los que la obra del periodista sevillano ha tardado tanto en volver a la vida, que en literatura significa tener el aprecio de los lectores.
Una crónica para elmundo.es
‘Sevilla Full Planet’
En los predios municipales, donde andan faltos de cariño porque la hora de todos, que diría el gran Quevedo, se aproxima sin que haya saldo decente, están muy contentos porque Lonely Planet, la empresa de guías de viajes, una de las más reconocidas del mundo del turismo, ha tenido el detalle, por supuesto sin que medie acuerdo económico alguno, de eso podemos estar seguros, de elegir a Sevilla como destino urbano preferente de todo orbe para los viajeros en 2018. Ha sido oír nuestra nominación y escucharse un grito de alegría infinito en el Consorcio de Turismo -o como se llame ahora-, el hotel Inglaterra y alrededores.
Chaves Nogales, levántate y anda
Un siglo después todo es igual y, al mismo tiempo, distinto. Manuel Chaves Nogales continúa fijando sus ojos en el infinito de la misma manera -mirada penetrante, ojos claros- que hace una centuria, cuando un 17 de octubre de 1917 dejaba atrás a la Sevilla pagada de sí misma, ese paraíso infernal, para buscar el aire fresco de la inteligencia lejos de los círculos endogámicos del Guadalquivir. Por delante tenía un brillante futuro y el aciago destino que incluiría una efímera república liberal, una cruenta guerra civil, dos exilios sucesivos en tierras extrañas y el infinito olvido de los cementerios, que en su caso duró cincuenta largos años. Más o menos hasta que llegó Maribel Cintas, filóloga, profesora de literatura de instituto y editora de su opera omnia, que esta mañana evocaba su vida secreta, una mezcla entre la biografía pública y la memoria íntima, en la primera conferencia del ciclo Letras en Sevilla de la Fundación Cajasol. Entre el auditorio estaban su hija, Pilar Chaves, y su nieto, Anthony.
Una crónica para elmundo.es.
