El verano nos trae cuentos, relatos de estío con los que –se supone– entretener la siesta, la tarde, la playa, cualquier cosa. Vienen anunciados con letras enormes, en titulares de cuerpo henchido, para que el lector –si lo hubiera o hubiese– los vea bien y no se los deje atrás, perdidos entre tanta crónica política, periodismo oficialista, historias de putas, banqueros y corruptos y tarantelas de berlusconis y culturetas del régimen y la subvención. Los cuentos son como el calor: aparecen en los diarios cuando ronda agosto –en ocasiones incluso antes– y desaparecen tan pronto como el otoño nos recuerda que el calendario es algo contra lo que hay que luchar sabiendo de antemano que tenemos perdida la batalla. Con los fríos desaparecen, tal y como llegaron, y vienen las obligaciones, el curso, la escuela y lo doméstico, hirsuto y triste.
Noviembre
Mi amigo Javier González-Cotta, que es el tipo que más a gusto se encuentra debajo de un paraguas después de Robert Walser, ha debido disfrutar bastante este mes de lluvias tardías y generosas. El otoño se nos ha ido como una centella y ya estamos (casi) en Navidades.
La Noria de el lunes en El Mundo.
El punto ciego
Roland Barthes escribió que decir la palabra yo implica entrar dentro del territorio de la ficción. Nuestra identidad no es más que una categoría imaginaria: nos soñamos de una determinada manera y proyectamos esa imagen sobre los demás.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo
Cristaleras de Westminster
Wilde, la eternidad y el rango sagrado que otorga una cristalera. En esta singular disquisición bizantina se han pasado las últimas semanas los miembros más acreditados y circunspectos de la hierática y educada sociedad cultural británica. Han discutido, escrito y lanzado a través de las ondas –la doctrina intelectual que no se propaga mediante las tertulias parece condenada a morir enterrada en un mar de papel– la conveniencia o propiedad –en el mundo sajón todo es corrección, empezando por el patrimonio– de incluir el nombre de Óscar Wilde, encarcelado por sodomía, en las cristaleras de la Westminster Abbey, junto a la estancia conocida como la esquina de los poetas.
La estampa
Sevilla tiene la costumbre de convertirlo todo en una cofradía. El canon tradicional, que sólo representa a una parte de lo que con esfuerzo todavía podemos reconocer como el hogar, se ha consolidado en el imaginario colectivo con tal intensidad que ocurra lo que ocurra, y con independencia de su significado, nuestras instituciones, que no son más que la expresión decorativa de la ciudad oficial, aplican el mismo formato de manifestación pública -un cortejo que desfila con tiempo tasado- sin importarle demasiado si se trata de una fiesta o de un entierro.
La Noria del lunes en El Mundo
