Que la vida no merece mucho la pena sin dejarse conducir de vez en cuando por Dionisios, el antiguo dios griego de los excesos y las pasiones, es cosa, más que sabida, experimentada en primera persona por todos. La obsesión tiene mala prensa –sobre todo entre los clérigos, los puritanos y las feministas– pero, sin poner los cinco sentidos en una cosa, o sin sentir los vientos por alguna persona, la existencia puede hacerse tan aburrida como un menú de hospital. La vida es la obsesión de todos los que todavía estamos vivos. La muerte lo es también para quienes se aproximan al último vado del largo camino. El amor, antes de ser civilizado, nace de una chispa ardiente que, como dejó dicho Bukowski, puede ser suficiente para avivar un fuego, prender la hoguera e incendiar el mundo.
Sobre la obsesión por los otros escribió una novela hace algo más de tres décadas Antonia Susan Drabble (19362023). Más conocida como A. S. Byatt. La tituló Posesión. Y con ella ganó el Premio Booker.
Las Disidencias en Letra Global.

