Los seres humanos heredamos de otros –a los que no hemos llegado a conocer porque se fueron antes de que nosotros llegáramos a este mundo– las palabras con las que pensamos y somos. Y, al desaparecer, en esa hora fatal, como escribió Rubén Darío, en la que la oscuridad llena el cuadro y nos expulsa para siempre del lienzo de la vida –un día estamos, al siguiente no–, el mejor rastro que dejaremos detrás nuestra son también las palabras con las que los otros nos recordarán, si es que lo hacen. En 1971, hace algo más de medio siglo, Carl Schmitt (1888-1985), pensador político y arquitecto jurídico del nazismo, quien probablemente mejor definiera la cruda paleta monocorde de los grandes totalitarismos de la pasada centuria –la política consiste en saber quién es amigo y quién antes o después va a convertirse en un enemigo–, se sentó con Klaus Figge y Dieter Groh para sostener una larga entrevista en la que el filósofo alemán se prestó a hablar (a tumba abierta) de su vida y de sus ideas políticas para la Radio del Suroeste Alemán (SWF).
Las Disidencias en Letra Global.

