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Disidencias

Boecio y la Rueda de la Fortuna

carlosmarmol · 8 febrero, 2020 · Deja un comentario

Las guerras más devastadoras que existen son aquellas en las que los dos adversarios en liza coinciden en una única persona: uno mismo. Si la leyenda cuenta que Cervantes concibió El Quijote –ese “hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos nunca imaginados de otro alguno”- en la cárcel de la Sevilla del Siglo de Oro, “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”, el tratado filosófico más influyente del extraño quicio histórico que separa la Edad Media del Renacimiento se concibió en una celda del Ager Calventienus de la ciudad italiana Pavía, a la espera de un juicio que terminó con una decapitación sangrienta, confirmando así la máxima de que cuando los seres humanos somos felices, vivimos; y cuando nos sentimos desgraciados, filosofamos. El fruto de aquel sufrimiento, olvidado en las densas arenas del tiempo –hablamos del año 523 después de Cristo–, es una obra absolutamente maravillosa compuesta por un cónsul romano caído en desgracia –Boecio– que trata sobre la naturaleza y los caprichos de la diosa Fortuna, esa mujer caprichosa. La editorial Acantilado, en uno de esos gestos que ennoblecen a quien se dedica al maravilloso arte de hacer libros, la recupera ahora íntegra con traducción del latín al cuidado de Eduardo Gil Bera en su colección Cuadernos. No es ni mucho menos un libro desconocido para quienes se hayan preocupado de cultivarse a sí mismos mediante el arte de la lectura, pero si supondrá (para otros) un gozoso descubrimiento. Básicamente porque las preguntas que se hace Boecio son las nuestras: ¿Por qué diablos la felicidad es pasajera? ¿Cómo se explica que medren los mediocres? ¿Cuál es la razón de la existencia? ¿Existe Dios? ¿Somos libres o estamos atados, como los esclavos, al yugo de un arado? ¿Cuál es el origen del mal?

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¡Vivan los años setenta!

carlosmarmol · 1 febrero, 2020 · Deja un comentario

Todo lo que sube, desciende. El idealismo, en cualquiera de sus variantes, conduce antes o después al prosaísmo. El principio mecánico que alimenta esta ley es indudablemente físico, pero también de índole cultural. Quizás por eso a los años sesenta del pasado siglo XX, ese extraordinario tiempo (pasajero) en el que parecía que los sueños podían transformar el mundo, cuando sucedía la gran revolución de la cultura popular en Occidente, triunfaba la lucha por los derechos civiles y se extendían por todas las clases sociales, igual que un fluido ambiental, las hermosas reivindicaciones hippies, que ofrecían un falso paraíso sin agua corriente lleno de paz, drogas y sexo (con flores en el pelo), dieron paso, en la década posterior –los caóticos setenta– a un universo marcado por el deterioro social y económico, el desengaño y la irrupción dentro del cuadro colorista previo de la vulgaridad como destino.

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La memoria (sentimental) de Manuel Vilas

carlosmarmol · 25 enero, 2020 · Deja un comentario

Lo escribió Félix Grande en unos versos (portentosos) de su libro Música amenazada: “Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás: el tiempo / habrá hecho sus destrozos, levantando / su muro fronterizo / contra el que la ilusión chocará estupefacta / El tiempo habrá labrado,/ paciente, tu fracaso / mientras faltabas, mientras ibas / ingenuamente por el mundo / conservando como recuerdo / lo que era destrucción subterránea, ruina”. Ok. De acuerdo. ¿Y qué ocurre con los lugares donde hemos sido profundamente desgraciados? ¿Merecen volver a ser visitados? La respuesta a esta pregunta depende del carácter personal de cada cual, que, como sabemos desde Heráclito, es la ecuación secreta de nuestro destino, esa incógnita sin solución. Hay quien piensa que sí: que todo lo vivido de verdad, a fondo, merece resucitar de alguna u otra forma mediante al ejercicio prodigioso de la memoria. Otros, escépticos, coinciden con la visión de Grande: la vida nunca se repite nunca igual y, justo para soportar tan amargo trance, es necesario desprendernos de las cosas y hasta de las personas sin demasiados ceremoniales. Sin lágrimas. Sin nostalgias. “Toma sin orgullo, abandona sin esfuerzo”, escribió Marco Aurelio en sus Meditaciones.

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Días y versículos

carlosmarmol · 19 enero, 2020 · Deja un comentario

No existe una tarea intelectual más difícil –y usamos este término de forma plenamente consciente– que escribir con sencillez y honestidad retórica. En el ejercicio de la escritura, esa condena de galeotes, lo más natural, paradójicamente, es aquello que no lo es: caer (sin remedio) en el pecado mortal de la grandilocuencia. Quienes no están acostumbrados a enfrentarse al papel en blanco con una actitud profesional tienden en cuanto se presenta la más mínima ocasión –o la obligación– a ponerse estupendos, venirse arriba de inmediato y adornarse en exceso. Suele pasar, sobre todo, cuando uno cree que va a decir cosas trascendentes. El resultado es una prosa con sobrepeso, incapaz de coger el vuelo (incluso con el viento a favor), que no fluye y que, para colmo, envejece mal. Siempre. Si repasamos la nómina de los supuestos grandes estilistas de nuestra literatura más reciente, esta ley se cumple de forma inmisericorde: muy pocos de ellos son legibles pasadas unas décadas. Unos, porque en realidad nunca fueron buenos; sólo lo parecían. Y otros, porque obviaron que con el transcurso de los días el lenguaje cambia –igual que nosotros– para siempre, convirtiendo en añejo lo que se creía novedad. De ahí que muchísimos escritores que en su día fueron criticados (sobre todo por sus propios contemporáneos) por escribir de forma deficiente sean los que mejor han soportado el desgaste de los años. Es el caso de Baroja. O también el de Roberto Arlt, escritores plebeyos que decían lo que sentían sin detenerse en adornos o imposturas, buscando la fuerza de la sinceridad y la expresión que brota espontánea, clara y diáfana.

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Trapiello, paisaje con figuras

carlosmarmol · 11 enero, 2020 · Deja un comentario

Andrés Trapiello es, sin duda, el más clásico de los escritores hispánicos. Entiéndase bien: tal categoría no nombra tanto a su condición de escritor excepcional –una gracia que cielo ha negado a otros muchos de sus contemporáneos–, sino a su adscripción (voluntaria) a una noble estirpe que arranca con Cervantes y se extiende, al menos, hasta los años ochenta, cuando el ejercicio de las letras todavía no se entendía necesariamente como una ruptura gratuita con la tradición, sino como una reforma o, mejor dicho, una inteligente reinvención. Tras décadas de trabajar a contracorriente, generalmente en soledad, midiendo cada paso y con una constancia casi categórica, el escritor leonés (que es extremeño de devoción y madrileño por elección) ha logrado situarse en el punto exacto donde habitan los grandes.

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Ilustraciones: Daniel Rosell