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Los Aguafuertes

La guerra que estamos perdiendo

carlosmarmol · 13 abril, 2020 · Deja un comentario

Tras un largo mes de confinamiento marcial, con la economía hundida, miles de empresas agonizando por impagos o falta de liquidez y una legión creciente de despidos y quebrantos laborales en camino, resulta asombroso que el Gran Insomne, presidente de todas las Españas –tanto las que quieren serlo como las que no–, siga utilizando el lenguaje bélico para tratar de disimular los errores (conscientes) que pueden hundirlo para siempre en el agujero negro de la historia. Ayer, en su homilía semanal, proclamó: “No podemos deponer las armas todavía, tenemos que seguir combatiendo. Estamos a punto de cambiar el curso de esta guerra, pero aún estamos lejos de la victoria”. Encerrarse en casa con la familia, el perro y la prole no es combatir. Tampoco podemos considerarlo una actitud heroica, salvo que la honorable épica de antiguos poetas como Homero sea comparable, cosa imposible, al mundo piruleta en el que la actual generación de gobernantes ha convertido la política cotidiana. Y mucho menos en un país donde la milicia obligada –deo gratia– pasó hace mucho tiempo a la historia. Los que estamos encerrados no somos soldados de nadie. Somos ciudadanos indignados o resignados. Depende del día y del estado de ánimo.

Los Aguafuertes en Crónica Global.

La herejía de pensar

carlosmarmol · 6 abril, 2020 · Deja un comentario

La etimología, que es el arte que describe la magia ancestral de las palabras, diferencia claramente entre los políticos y la política. Parecen términos equivalentes, pero desde el punto de vista histórico designan conceptos divergentes. Los políticos son los gobernantes de la polis. Rectores sabios, dictadores crueles o líderes populistas. Hay de todo. La política es la comunidad. Todos nosotros: la sociedad que ejerce el derecho de ciudadanía, cuya naturaleza varía según el instante cronológico. Para Aristóteles, la ciudadanía griega obligaba a participar en los asuntos públicos; durante el siglo XVIII el concepto tiene que ver con las libertades y la posesión de patrimonio. En el XIX el término incluye el derecho a votar y a constituir banderías. En el siglo XX, en Occidente, implica una conquista social: el Estado del Bienestar. En estos veinte días de encierro súbito provocado por el coronavirus todos estos significados de ciudadanía se han ido por el desagüe. Ser un ciudadano se ha convertido en un pasatiempo triste y chato: se limita a salir al balcón para aplaudir (a los sanitarios) o tocar la cacerola (contra la monarquía). Nada más. Aunque podemos extender su sentido a un inesperado privilegio: disfrutar de un asiento de primera para contemplar el espectáculo de nuestra ruina. La función que se nos ofrece es del género piadoso: oculta a los muertos –casi 12.500– y pretende cegarnos con el cuento de que la cultura sirve para entretener, cuando su función es ayudarnos a discurrir solos.

Los Aguafuertes en Crónica Global.

Régimen abierto

carlosmarmol · 30 marzo, 2020 · Deja un comentario

En 1918, George H. Mead (1863-1931), filósofo norteamericano y uno de los teóricos del conductismo social, publicó en una revista académica –The American Journal of Sociology– un artículo en el que advertía sobre los extraordinarios peligros de construir la cohesión social a partir de la cultura del horror, esa costumbre ancestral que consiste en congregar a los que son distintos por naturaleza –todos los sujetos– alrededor de un enemigo común. Mead creía que el intenso sentimiento de solidaridad tribal que se experimenta ante una desgracia, ese fenómeno básicamente emocional, anula el libre juicio del individuo y destruye los valores aceptados por todos, abriendo así el camino para conductas viscerales e involucionistas. En esta segunda quincena de marzo, llena de muertes, contagios, caos, enfermedad, mentiras, lágrimas y espanto hemos perdido nuestra libertad –el hecho de salir de casa es ya un delito–, muchos se han quedado (o se quedarán) sin trabajo, la vida de demasiados se ha esfumado y hasta la esperanza se ha convertido en un astro remoto. No son quebrantos menores para tan pocos días. Parecen una réplica de las plagas del antiguo Egipto. Semejante temporal de desgracias nos indica que nos encontramos en mitad de uno de esos giros de la historia en los que todo aquello que creíamos indudable se ha derrumbado y emerge, omnipotente, el vacío. La página en blanco. Otra vida que nos acerca a la muerte. El consorcio de los desamparados.

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Tres plegarias fenicias

carlosmarmol · 23 marzo, 2020 · Deja un comentario

En una de sus disertaciones sobre poesía, el escritor argentino Jorge Luis Borges menciona un relato de Kipling –The Manner of Men– donde se reproducen tres antiguas supuestas plegarias fenicias que, a su entender, condensan de forma ejemplar, y sin duda perdurable, ese sentimiento estremecedor de la llegada de la muerte, vista como una vivencia íntima y, al mismo tiempo, compartida. “Madre de Cartago, devuelvo el remo” es la primera. “Duermo, luego vuelvo a remar”, la segunda. La tercera reza así: “Dioses, no me juzguéis como un dios/sino como un hombre/a quien ha destrozado el mar”. Son los cantos postreros, los nobles himnos de despedida, de hombres lejanísimos que concebían la vida al modo de una perpetua navegación. Un adentrarse solos en el mar sin tener la certeza de regresar. En su último adiós al mundo, los milenarios navegantes expresan, más que un lamento o su angustia, la dignísima aceptación de su destino y también un desconcertante sentido de la fraternidad. Ninguno de ellos, aunque se encuentren con el pie en el estribo, cree que sus remos, gracias a cuyo impulso han gobernado las olas, les pertenecen; piensan que son un patrimonio de todos los hombres y, en consecuencia, de ninguno en concreto. Igual que la vida. La muerte aparece en estos textos eludida, como si fuera un sueño que un día concreto, a una hora exacta, se convierte en realidad. Morir, según la segunda de estas plegarias, es continuar viajando. La tercera elegía parece preventiva: al temer el juicio de los dioses, el marinero anónimo reclama que, dada la fragilidad de la condición humana, se le trate con piedad.

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El naufragio de España

carlosmarmol · 15 marzo, 2020 · Deja un comentario

Inmersos ya en el estado de alerta, que en realidad es de excepción, el súbito apocalipsis del coronavirus arroja algunas enseñanzas sobre el trasfondo de la perpetua anomalía política española. Por fortuna, muchas no coinciden con la actitud individual de buena parte de los ciudadanos. La conclusión esencial es devastadora: la España oficial no ha sabido –o no ha querido– adoptar las decisiones preventivas que eran a todas luces necesarias para impedir la actual situación de pánico social. Una larga cadena de ignorancias, caprichos, improvisación, egoísmos y falta de realismo nos ha conducido al punto exacto en el que nos encontramos: un confinamiento colectivo marcial, un auténtico apagón general, casi la muerte social. A pesar de ser un hecho extraordinario, no podemos decir que se trate de una patología nueva: la arquitectura de nuestro desconcierto tiene cimientos profundos, consolidados durante décadas por una insolidaridad política cuyo reflejo es la eterna disputa territorial. España es un gran carajal. Ahora que casi todos nos encontramos encerrados entre cuatro paredes, como aconsejaba Pascal, se percibe de forma nítida. Tenemos un Gobierno incapaz de enfrentarse a situaciones de urgencia, visiblemente dividido entre los obsesos del márketing político y los doctrinarios de salón, y 17 comunidades autónomas que creen ser, en mayor o menor medida, sujetos soberanos propios. Al mismo tiempo, una parte nada despreciable de la población no cree en ningún proyecto colectivo, a excepción de su bienestar o el de su tribu. La pandemia, mientras tanto, sigue cobrándose vidas, sometiendo a muchísima gente a sacrificios dolorosos y extendiendo el miedo a la misma velocidad que la desconfianza.

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Ilustraciones: Daniel Rosell