Diez años, diez, estuvieron acampados los aqueos, venidos de los distintos reinos griegos –mayores y menores– del antiguo Mediterráneo, el viejo mar de color tinto, en las playas de Troya, a la espera de una oportunidad para tomar la ciudad amurallada del Helesponto, situada en el Estrecho de los Dardanelos. Homero cuenta el último episodio –la cólera de Aquiles– de esta larga batalla en la Ilíada, donde se presenta como epopeya la lucha por el control del comercio marítimo entre el Mare Nostrum y el Negro. La magia de las analogías permite trazar un arco entre la antigua edad del bronce de Grecia y la invasión de Ceuta, sin aqueos ni troyanos, pero con españoles desamparados por su propio gobierno –el Rey ha hecho saber ya de qué lado está– y un ejército de invasores, entre los que hay inmigrantes desvalidos, pero también gente de otra calaña. La España del Norte de África, convertida en Calcuta, es desde hace veinte días un territorio de guerra. Hay muertos –el centenar de ahogados en el mar, de los que nadie se acuerda ya ni en Rabat ni en La Mareta–, asediadores y asediados. Lo que no se ve por ningún lado es materia épica, en buena medida porque los dioses ya son objetos de arqueología y los héroes no tienen sitio en el mundo posmoderno.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
