El éxito superlativo es la mayor maldición que pueden padecer los artistas clásicos. Encontrar un lugar en la eternidad, tener asiento en una academia o habitar en el Parnaso, ya sea nominalmente o mediante la transformación de la carne en la piedra o en el bronce de una estatua, es lo peor que puede sucederle a un buen escritor. La fama simplifica el arte, convirtiéndolo en rutina y, a veces, en vulgaridad. Hasta los mejores retratos son incapaces de recoger los surcos infinitos que componen el verdadero rostro de un hombre. La reiteración vuelve sordos a los lectores ante la música de la literatura. A los clásicos se les enaltece y se les elogia, pero no se les lee. A John Cheever (1912-1982), sin lugar a dudas uno de los más dotados cuentistas de la literatura norteamericana –siempre que dejemos a Edgar Allan Poe fuera de la competición–, le sucede, igual que a Hemingway: su tormentosa biografía ha condicionado parte de su indiscutible talento.
Las Disidencias en The Objective.
