Todos los cuentos empiezan con el mismo sortilegio: “Érase una vez…”. Es una frase que existe en todas las lenguas del mundo, desde la más primitiva a la más compleja, y que funciona como pórtico entre el espacio (imaginario) de la ficción y el territorio (sin misericordia) de la realidad. Una vez enunciada, da igual si la voz que la pronuncia tiene un nombre propio o pertenece a un desconocido, acontece la magia: quienes la escuchan –y aquellos que la leen en un libro– saben de antemano que es hora de suspender temporalmente su inclinación hacia la incredulidad, que es la tendencia natural de todos los seres humanos, y prestarse a considerar verdaderas las invenciones que constituyen las fábulas. Sin esta convención, que en literatura se denomina pacto ficcional, es imposible que funcione correctamente cualquier relato, sobre todo aquellos que tienen como único objetivo una finalidad de orden político.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
