Fue Alain Badiou, filósofo francés, quien dijo que el teatro y la política participan del mismo juego: la construcción de un sujeto colectivo. Ambos configuran un demos. Lo que en términos prosaicos conocemos como la opinión pública, y en las ancestrales culturas agrarias se llamaba pueblo, requieren de una escenificación constante. Necesitan celebrar un ritual para que cada individuo contraste su parecer con el juicio de los demás. En democracia esto sucede en las elecciones y en los parlamentos, donde lo que se pone en escena es la soberanía popular o el dominio territorial. Su exceso es lo que explica que la política posmoderna, desprendida de su objeto –la gestión pacífica de la convivencia y la administración de la res publica–, se haya convertido en una mera suma de narrativas interesadas a las que siempre acompaña un acto solemne (o cómico) de representación. Nuestros próceres no confían mucho en la retórica.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
