La prospectiva electoral, cuyos augurios equivalen en nuestros tiempos a los pronósticos del sagrado oráculo de Delfos, al que toda la Antigüedad preguntaba por su futuro, funciona igual que los adivinos en las tragedias de Eurípides: en general cuentan mentiras y dicen cosas incomprensibles; de vez en cuando, sobre todo cuando aciertan, relatan algunas verdades. A seis meses de las elecciones autonómicas en Andalucía, que llegarán tras las batallas de Aragón y Castilla-León, las cábalas de los partidos señalan en una dirección y los discursos de los candidatos, incluso los de la vicepresidenta María Jesús Montero y su guadianesca candidatura, en otra. Ninguno dice la verdad. Los políticos porque no quieren y las encuestas porque no pueden, dado que –como señaló Goethe– la verdad es semejante a Dios: no se revela de una vez; debemos adivinarla a partir de sus manifestaciones, igual que los marinos usaban el astrolabio para saber la posición de las estrellas, calcular la latitud y medir las distancias oceánicas.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
