Uno de los principales rasgos de los políticos –de todo signo y condición– es que mienten sin cesar, sin vergüenza, sin respeto a sus votantes y sin consideración alguna por sí mismos. Alguien les ha dicho, o ellos solos han llegado a esta conclusión, que los embustes funcionan, tienen su audiencia –la política emocional consiste en hacer del espacio de diálogo común una obscena fan zone– y piensan que, gracias al dinero público que gastan en propaganda –llámenlo comunicación si lo prefieren, queridos indígenas–, convencerán a la gente de que encarnan la honradez y la bondad y los adversarios son la representación de la malversación y de la codicia. Todos parten de una hipótesis falsa: la gente es infinitamente crédula, no sabe distinguir los hechos de las opiniones y votan no por lo que uno haya hecho, sino por lo que el líder supremo del partido les haga sentir. Una idea de la política en la que los gobernantes y los gobernados retroalimentan la misma pasión adolescente. Smells Like Teen Spirit, cantaba Nirvana.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
