El pasado no está con nosotros más que como recuerdo –si es reciente– o como inevitable olvido, si se aleja mucho más en el curso del tiempo. Probablemente por eso es tan seductor inventarlo, tan difícil fabularlo y tan tentador, cuando se tiene un interés fenicio, en vez de noble, manipularlo para conseguir que diga lo que jamás enunció y termine justificando las intenciones del presente. Se acostumbra a asociar a la Antigua Grecia con su etapa de esplendor clásico –el siglo de Pericles– y con la ciencia, la filosofía y el arte que ha llegado hasta nosotros. Pero se olvida que aquella civilización no fue lineal, sino –como todas– azarosa. Hubo, en el más remoto origen, una edad primitiva, que es la de Homero, y después otra helénica, que comienza tras la muerte de Alejandro Magno y obedece a una inevitable degradación. Igual que en el mito de Ícaro, una vez que se vuela junto al sol, ya todo es descenso. Atenas no era ningún paraíso utópico. Su forma de gobierno democrática, lejana inspiración de los sistemas de libertades que crearon las sociedad modernas, no fue nunca perfecta. Condenó a Sócrates, el padre de la filosofía, a la muerte.
Las Disidencias en Letra Global.
