Igual que sucedía en las primitivas monarquías de raíz agraria, o dentro de las religiones monoteístas del Mediterráneo color vino, en los partidos políticos se necesitan y se demandan siervos, fieles, militantes, subalternos pacíficos o –como se decía antes– gente que pegue carteles y limpie la plata de la cofradía, pero en ningún caso, y menos aún cuando se cree que el tren está encarrilado y avanza sin obstáculos hacia el éxito– compañeros de aventura, camaradas, librepensadores e individuos libres e iguales. Hace trece años Iván Espinosa de los Monteros y de Simón (Madrid, 1971), barba abundante y cerrada, con un cierto aire carlista, que esconde un mentón pronunciado bajo un rostro extrañado, consultor de empresas y afortunado empresario inmobiliario, entroncado (gracias al tercio familiar) con la aristocracia navarra –es hijo de Carlos Espinosa de los Monteros y Bernaldo de Quirós, IV marqués de Valtierra y expresidente de Iberia (1982-1985), y de María Eugenia de Simón y Vallarino– participaba (en compañía de otros) en la secreta fundación de Vox, un partido de ideología nacionalista formado a partir de una escisión, encabezada por Alejo Vidal-Quadras y Santiago Abascal, del PP de Rajoy.
El Bestiarium en The Objective.
