Antonio Moro (1519-1578), maestro de la pintura holandesa, retrató dos veces a Felipe II, el segundo de los Austrias mayores, soberano absoluto de un imperio (el español) que tenía mucho más que ver con el patrimonio y la ambición de su estricto linaje familiar –la casa de los Habsburgo– que con una identidad nacional. En uno de estos óleos oficiales, datado en 1549, probablemente en Bruselas, alumbra la imagen del monarca en su mediana mocedad, ya como príncipe y regente designado por el emperador Carlos V, su padre, que había llamado al artista de los Países Bajos para que dotase a su primogénito de una estampa con suficiente dignitas. El resultado debió ser del agrado de la corte, pues el pintor flamenco también retrataría a las dos primeras de las cuatro esposas del futuro heredero –María de Portugal y María Tudor– y a otros personajes y notables de sus respectivos reinos. En otro lienzo suyo, fechado en 1557, esta vez de cuerpo entero, el segundo de los Austrias posa como soberano. Aparece ataviado con una armadura, un cetro y una espada después de la trascendental batalla de San Quintín. Dos retratos del mismo autor que, sin embargo, reflejan a dos personas distintas que tienen el mismo nombre.
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