Las sucesivas edades históricas son abstracciones mentales que creamos, igual que un científico dentro de un laboratorio, para dividir, comprender y ordenar el tiempo, que es la única materia que nos anima –cuando él termina, nosotros acabamos– y sobre la que podemos ensayar un sentido para la vida, además de crear una identidad. Somos (todavía) porque (un día) fuimos. Igual que el siglo XX no comenzó hasta la Gran Guerra de 1914, que cerró la centuria anterior con un lodazal de sangre y muerte, su estricto final aritmético no es sino la proyección artificial de un cambio. La destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, como consecuencia de un atentado integrista, inauguró el siglo XXI, pero no fue hasta lustros más tarde –tras la crisis financiera que convirtió el progreso en incertidumbre y, en el caso concreto de España, en una gigantesca estafa de orden cultural y generacional–, cuando la pandemia detuvo el mundo, devolviéndonos a una Nueva Edad Media, cuando quedó definitivamente sellado ese tiempo que antes conocíamos como la posmodernidad.
Las Disidencias en Letra Global.

