Tenía razón Sibelius (Jean) cuando, es de suponer que en un arranque de sinceridad no exenta de desprecio, le dijo un director de orquesta: “No prestes atención a lo que digan. Nunca se ha erigido una estatua en honor de un crítico”. En efecto: no consta que en sitio alguno, con la excepción de Menéndez Pelayo, que tiene la suya en Santander, se hayan rendido honores en piedra a quienes eligieron el oficio de juzgar la obra de los demás, del mismo modo que los personajes independientes no gozan de más aprecio que el que les profesan sus abundantes enemigos. En la figura del cronista literario confluyen ambas situaciones: un odio feroz (por parte de los perjudicados por su libertad de criterio) y un pasar, en fama y derramas, mayormente discreto. Y eso que su tarea, por lo general mal pagada, peor comprendida y bastante ignorada, no es fácil, aunque sea muy deseada (por los autores huérfanos).
Las Disidencias en Letra Global.

