El mundo seguramente no necesite otra gran canción de amor y, sin embargo, no existe un día en el que alguien no escriba –o lo intente– una más para decir lo mismo que viene diciéndose desde el principio mismo de los tiempos y seguirá cantándose hasta que este maldito y hermoso mundo desaparezca. El arte, como todos sabemos, no está en el qué, sino en el cómo. Sucede también en el caso de la literatura, que desde sus inicios se escribió en verso y ahora es (mayormente) el reino de la prosa. Los géneros puros, fijados por la preceptiva clásica, son ya tan extraños como los minerales valiosos y escasos. En la literatura contemporánea casi todo se nos aparece con esa misma forma (imperfecta) de la naturaleza: mezclado. La función de la crítica consiste discriminar entre lo que realmente merece la pena y lo que es prescindible, alterando el dogma de la igualdad, que en el arte no es más que una estúpida frivolidad. Por eso podemos decir que la última novela de Ian McEwan (Aldershot, 1948), que es la decimoctava de su extensa carrera como escritor, merece la condición de excelente, toda vez que, sin perder el Norte y sacrificar el cómo al qué, cuenta una tragedia atávica con los instrumentos literarios del presente.
Las Disidencias en Letra Global.

