Que el tiempo nos devora, igual que un cáncer, lo sabemos todos. Lo supo también Henry Miller después de constatar el asesinato de todos los dioses del pasado y del presente que, de alguna forma, encarnan a nuestros progenitores. “El héroe no es el tiempo, sino la intemporalidad”, escribió el novelista norteamericano. “Marcamos el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No existe escapatoria. El tiempo no va a cambiar”. Deberíamos, por tanto, considerar una inmensa suerte el hecho de poder asistir al espectáculo de esas vidas ajenas que acaban mal –todas, sin excepción, aunque mientras suene la música y dure el baile el mundo parezca maravilloso– tanto como contemplar a aquellos que encabezan el pelotón de galeotes lamentar la falta de sensibilidad de quienes les sucederán, que a su vez empiezan ya a escuchar la impugnación de los que son más jóvenes. Entre las edades del hombre, que pueden representarse bajo la forma de un viacrucis, no existe armonía ni tampoco progreso. Todo se reduce a un acto sucesivo de resignación.
Los Aguafuertes en Crónica Global.
