El tiempo, ese efebo que se hace viejo sólo un instante antes que nosotros, y que es de siempre, y que es de ahora, pasado que se fue y presente que todavía es, antes de dejar para siempre de serlo, ha situado a José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) en la cúspide de la setentena, una edad ilustre e inquietante por igual que sólo conocen aquellos afortunados a los que el vendaval de la vida todavía no ha podido someter por completo. Más que celebrar su cumpleaños –“¡Saravá!–, procede conmemorar aquí el fecundo espíritu de su obra literaria, que desde la periferia insular –la ciudad de Palma, que tan bien retrató en En la ciudad sumergida, y Mallorca, cuya topografía física en su caso es también sentimental– se ha convertido, gracias al tesón, la coherencia y a una cierta obstinación –una virtud en estos tiempos de conversiones súbitas–, en uno de los legados artísticos mejor conectados con las tradiciones culturales europeas. En los libros de Llop, que tocan todos los géneros de la prosa y el verso, a excepción del teatro, que únicamente ha cultivado de forma circunstancial con la obra La nit de Catalina Homar, palpita una singular mezcla de cosmopolitismo y de raigambre mediterránea.
Las Disidencias en Letra Global.

