Si la traducción, ese arte secreto, solitario y sin laureles que impide que muchos lectores nos sintamos huérfanos y, lo que es peor, confinados en ese estrecho territorio, generalmente insular, de las literaturas escritas en las respectivas lenguas maternas, que a partir del siglo XIX, merced al surgimiento de los nacionalismos culturales, empequeñecieron el arte y a sus autores al clasificarlos en función de su lugar de nacimiento, o de su idioma, cercenando así la condición universal que siempre tuvo la poesía entre los clásicos, se parece a algo es a un largo tornaviaje. El autor hace la singladura de ida y corresponde al traductor encontrar el camino de vuelta para terminar en un puerto que no es el mismo, pero sí semejante.Salvo para quienes dominan a fondo otro idioma –no basta con hablarlo y escribirlo; la lectura en una lengua ajena requiere distinguir un sinfín de matices y saber percibir los efectos de la escritura artística– todos necesitamos de ese puente maravilloso que es la traslación literaria. En realidad, traducir literatura consiste en una forma de reescritura porque, como ya explicase Borges, dos palabras no significan nunca lo mismo, incluso en un mismo idioma: “Es español” –aseveró– “no es lo mismo decir que algo es azul que calificarlo de azuloso o azulado”.
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