“Nuestros padres mintieron: eso es todo”. Jon Juaristi resumió con este verso, inspirado en uno de los epitafios que Kipling escribió sobre los soldados caídos en la Primera Guerra Mundial –“Si alguno pregunta por qué morimos, diles que fue porque nuestros padres nos engañaron”–, sencillo y rotundo, la calamidad de su generación política, que creyó que matar por la imaginaria patria (vasca) era un destino heroico que exigía la muerte ajena y la propia. Nada es más peligroso que asumir, sin someterlas a revisión, las convicciones políticas de quienes nos precedieron: el fielato a determinadas herencias familiares y culturales conduce al desastre. Hubo un tiempo en el que entre la clase política española, primero durante la Transición, y después entre sus herederos, se instaló la idea de que el relativismo era un instrumento útil para la convivencia. Despreciar la gravedad de la realidad, después del largo y oscuro tiempo de la dictadura franquista, lleno de prohibiciones y doctrinas, parecía ser un atenuante frente a la visceralidad ibérica.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
