Sabíamos de sobra, porque en el caso del Gran Insomne también se cumple la ley de hierro que formulase Heráclito –Ethos anthropos daimon (el carácter es el destino mismo del hombre)– que los últimos meses de la tormentosa singladura, ya sin puerto garantizado, del sanchismo iban a ser generosos en calamidades y en naufragios, pero era difícil pronosticar hasta qué punto de deterioro social llegaría nuestro veraneante perpetuo para sostenerse en el atrio de una catedral –España– camino de la ruina. El momentum Maricarmen, concebido para desviar la atención de la catástrofe de Ceuta, donde la Constitución lleva dos meses sin cumplirse, igual que en la Cataluña del año 2017, y la soberanía se ha convertido en un espantapájaros, señala el peor de todos los desenlaces posibles: un frentepopulismo obsceno, alimentado con el dinero de todos y sustentado en la industria de la desgracia, que busca dividir la sociedad en bandos. Derecha e izquierda. Propietarios e inquilinos. Santos y demonios. El famoso muro que Sánchez prometió levantar no era físico. Consiste en una suerte de barrera melodramática que, como sucede en ciertos relatos de Dickens, se sitúa entre el cuento de Navidad –adelantado a septiembre– y la fábula de terror.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
