Las casualidades –como sabemos todos– no existen en política, del mismo modo que las guerras, que vienen a ser su prolongación a través de medios violentos, nunca se libran en el vacío. A lo que deberíamos prestar atención para desentrañar lo que está pasando delante de nuestros ojos, desordenado y en apariencia sin sentido, es a ciertas coincidencias. A través de ellas podemos encontrar un significado cierto a la sucesión de calamidades de este tórrido verano, augurios de la batalla definitiva que acaba de iniciarse a un año escaso –o quizás menos– para las próximas elecciones generales. La legislatura feneció de muerte natural una vez consumada la investidura y tras validarse la ley de amnistía, que convierte un acto de piedad –el perdón de los delitos– en un negocio. Desde entonces nuestra vida pública se reduce a un largo asedio (que no triunfa) y a una resistencia que se presenta como heroica y numantina, sin serlo en absoluto, y que ahora se ha convertido en un movimiento estratégico hacia lo que Clausewitz, el filósofo prusiano del arte del combate, denominó retirada hacia el interior.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
